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Democracia plena, educación libre y la honestidad de lo político



Nunca hablar de democracia en Costa Rica debe ser un gesto retórico ni una consigna vacía; es, para bien o para mal, una responsabilidad que se tiene, una histórica. Nuestro país ha sido reconocido de forma consistente como una democracia plena, no por casualidad, sino por la solidez de sus instituciones y una cultura cívica que, aunque hoy polarizada por los diferentes actores, sigue siendo un referente regional (The Economist Intelligence Unit, 2023). Esta condición no es un trofeo decorativo: es una estructura viva que exige cuidado, crítica y participación constante. Cuando se debilita la democracia, no suele hacerlo de golpe; empieza por pequeñas renuncias, por grupos manipuladores que a veces se disfrazan de opositores o de oficialistas, por silencios cómodos, por la indiferencia disfrazada de neutralidad. Entender esto es el punto de partida para valorar lo que está en juego.


Costa Rica ha construido su democracia sobre pilares concretos y verificables: elecciones libres, un sistema electoral robusto y una institucionalidad que ha resistido presiones internas y externas. El papel del Tribunal Supremo de Elecciones, por ejemplo, no es menor; es una de las instituciones con mayor credibilidad ciudadana en América Latina (Programa Estado de la Nación, 2023). Sin embargo, una democracia no se mide solo por sus reglas formales, sino por la calidad del debate público y la capacidad de la ciudadanía para discernir, cuestionar y decidir informadamente, no emocionalmente, no por consignas ofensivas, manipulaciones, incendiarias o falsas de un lado u otro, porque cuando se cae a este nivel de debate se renuncia a la formalidad del proceso seguramente a falta de capacidad de ganar la discusión intelectualmente y propositivamente. Por esto, cuando se empobrece o se polariza sin argumentos, la democracia sigue en pie, pero comienza a vaciarse por dentro.


Aquí está el punto neurálgico, la educación no es una parte importante de un plan de gobierno, sino como el corazón mismo de la democracia. Una educación democrática no puede ser instrumentalizada por el gobierno de turno ni convertida en vehículo de adoctrinamiento ideológico, venga de donde venga. La evidencia es clara: los sistemas educativos que priorizan el pensamiento crítico, la alfabetización cívica y la pluralidad de perspectivas fortalecen la participación democrática y reducen la manipulación política (UNESCO, 2021). Cuando los centros de estudios se convierten en trincheras ideológicas, tratando de incluir pensamientos de regímenes antidemocráticos, inclusive cuando se aprueba y no se critica sistemas dictatoriales ya establecidos como tales, se deja de formar ciudadanos y se empieza a fabricar seguidores sectarios. Eso, en una democracia plena, es un retroceso serio, porque se está creando un caldo de cultivo para desfundar las bases de una democracia sólida.


Conviene decirlo sin rodeos, la total objetividad en un sistema educativo es difícil de conseguir por las bases subjetivas de cada ser humano que son ineludibles; sin embargo, la objetividad en educación no significa ausencia de valores, sino transparencia intelectual. Enseñar historia, política o realidad social implica reconocer múltiples enfoques, contrastar fuentes y exponer tensiones reales, no imponer conclusiones prefabricadas. Desde hace décadas ya se advertía que la educación nunca es neutra, pero eso no la autoriza a ser sectaria; su ética exige conciencia crítica, no obediencia acrítica. En Costa Rica, donde el pluralismo político ha sido una fortaleza, una educación capturada por intereses coyunturales sería incompatible con la idea misma de democracia plena.


Ahora bien, aquí aparece una verdad incómoda que muchos prefieren esquivar: es imposible ser apolítico, aunque se quiera. Decidir no opinar, no votar o “no meterse en política” ya es, en sí mismo, una postura política. La neutralidad absoluta no existe en sociedades democráticas porque toda decisión —o ausencia de ella— tiene efectos públicos. Hannah Arendt lo explicó con claridad: retirarse del espacio público no elimina el poder, solo lo deja en manos de otros. Fingir apoliticismo suele ser una forma elegante de delegar responsabilidad.


El problema surge cuando confundimos ser político con ser partidista. Participar críticamente en la vida democrática no obliga a militar en un partido ni a repetir consignas; exige informarse, contrastar, dialogar y asumir consecuencias. Una educación que huye de lo político por miedo a la polémica termina formando ciudadanos frágiles, fácilmente manipulables por discursos simples y emocionales. En contraste, una educación que aborda lo político con rigor, datos y pluralidad fortalece la democracia, incluso cuando incomoda.


Costa Rica enfrenta hoy desafíos reales: desconfianza institucional, polarización, desinformación digital, manipulación mediática, manipulación política y apatía ciudadana. Ninguno de estos problemas se resuelve debilitando la educación crítica ni domesticando el debate público. Al contrario, las democracias más resilientes son aquellas que toleran la crítica, protegen la libertad académica y promueven ciudadanos capaces de disentir sin destruirse (OECD, 2022). Defender una educación libre de adoctrinamiento no es una posición conservadora ni progresista; es una exigencia democrática básica.


El llamado a tomar acción es claro y no admite excusas cómodas. Si creemos en la democracia costarricense, debemos exigir una educación lo más objetiva posible, plural y valiente, y participar activamente en la vida pública con argumentos respetuosos, no con silencios, ni con ofensas, que al final lo que significa es debilidad a combatir con argumentos fácticos. Esto implica vigilar políticas educativas, cuestionar discursos simplistas y asumir que la democracia no se hereda intacta: se construye o se pierde, todos los días. La pregunta no es si la democracia importa, sino qué estamos dispuestos a hacer —desde la educación y la ciudadanía— para que siga siendo plena y no solo un recuerdo bien contado.


Votando, haciendo democracia


Referencias


OECD. (2022). Global state of democracy and education. https://www.oecd.org


Programa Estado de la Nación. (2023). Octavo informe del Estado de la Educación. https://estadonacion.or.cr


The Economist Intelligence Unit. (2023). Democracy Index 2023. https://www.eiu.com


UNESCO. (2021). Reimagining our futures together: A new social contract for education. https://www.unesco.org

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