El viaje de la Navidad
- Josué Sánchez Marín, MEdMR

- Dec 23, 2025
- 3 min read
El viaje de la Navidad comienza en Génesis, cuando Dios decide caminar con personas reales y no con figuras de mármol. La promesa no aterriza en un escenario perfecto, sino en familias complejas, llenas de errores visibles. La historia bíblica nace entre polvo, miedo y necesidad. Desde el primer capítulo queda claro que la salvación no busca aplausos ni vitrinas. Dios opta por seguir adelante con lo humano tal como es.
Adán y Eva abren el relato en un paraíso donde nada falta. Todo parece estar en orden hasta que desobedecen y quiebran la confianza. La decisión los afecta a ellos y alcanza a todos los que vienen después. La armonía se rompe y el dolor entra en escena. Aun así, Dios no abandona la historia.
Más adelante aparece Jacob, lejos de ser un modelo de virtud. Engaña a su hermano, huye de casa y vive marcado por conflictos familiares intensos. En una noche decisiva lucha con un ser divino y sale herido para siempre, cojeando, transformado. Su pasado no desaparece, pero su nombre cambia. Dios reafirma la promesa y lo llama Israel. El plan no se detiene por su carácter torcido.
De Jacob nace José, y con él la herida se hace más profunda. Sus propios hermanos lo venden como esclavo y lo borran del mapa familiar durante años. José conoce el abandono, la cárcel, la soledad y la injusticia. Nada de eso lo desvía del rumbo. El dolor se vuelve escuela silenciosa y termina siendo el medio para salvar a muchos del hambre.
Con el paso de los siglos, la historia avanza hacia un escenario todavía más incómodo. Aparece María, una joven —probablemente adolescente— que vive en una cultura dura con las mujeres. Queda embarazada sin estar casada, una condición que la expone al rechazo público y al peligro real. Su cuerpo se convierte en prueba y su nombre en rumor. No hay discursos heroicos, solo miedo sostenido y obediencia diaria. Dios decide comenzar algo eterno en una vida frágil.
José, su prometido, entra en escena con el corazón dividido. La ley, el amor y el juicio social tiran en direcciones opuestas. Piensa irse en silencio, proteger a María y desaparecer. La duda pesa, la noche se alarga y el futuro se nubla. Un mensaje recibido en sueños cambia su camino y le exige valentía. Permanecer tendrá costo, pero también sentido.
Así se confirma un patrón que viene formándose desde Génesis. Dios no escoge al más fuerte, ni al más preparado, ni al más limpio. Escoge a quienes el sistema descarta con rapidez. Trabaja con historias fracturadas y corazones disponibles. La promesa avanza por senderos incómodos y poco decorados.
Este recorrido invita a mirarnos sin máscaras. ¿Cuántas veces sentimos que nuestra historia nos descalifica? La Biblia no esconde la complejidad humana. La coloca en el centro del relato. Dios no pide hojas en blanco; pide disposición.
Todo culmina en Belén y, al mismo tiempo, todo se resume ahí. Moisés tartamudea y lidera la liberación de todo un país. David fue un adúltero y un asesino, aún así era el preferido de Dios. Pedro niega al Mesías, no una, tres veces. Pablo fue un súper religioso que persiguió y mató cristianos, Job perdió todo en un santiamén. María enfrenta el señalamiento y da a luz en un establo con animales de granja. De personas poco indicadas e idóneas nace la mayor esperanza del mundo. En un pesebre, un lugar sucio, nada apto para un Dios llega El Salvador, ese es el hecho que nos recuerda la Navidad. Y quizá esta es la clave: Dios sigue escribiendo la historia con gente como nosotros, porque no se trata de cómo nos vemos, sino de cómo Él nos ve.






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